14 septiembre 2015

LA HERIDA QUE AHORA SOMOS

No importa que los insultos vengan desde el gobierno, pues son parte de su esencia.
Lo que debe preocuparnos mucho es cuando los insultos van hacia el gobierno.

Detesto el insulto como argumento.

No acostumbro juzgar a las personas por quienes son. En los asuntos públicos, el corazón de la política, no interesa qué hace una persona en su casa, en sus vacaciones o en su cama. Interesa lo que piensa, lo que dice, y sobre todo las consecuencias para la comunidad de sus ideas y sus actos.

Cuando la política se practica con dignidad, entre gente decente, se combaten ideas, formas de entender las relaciones entre los seres humanos, formas de generar y distribuir la riqueza. Cuando la política es asunto de mafias de ladrones disfrazados de gente decente, el fin siempre justifica los medios, y no hay limites éticos para enfrentar al adversario.

Pienso en el señor de los Sábados y sé que le ha hecho mucho daño al debate democrático en el Ecuador, pues ha instaurado como nadie antes la costumbre de "matar sistemáticamente al mensajero" en lugar de promover - como lo haría un buen líder- el debate franco y respetuoso sobre "los  mensajes". Acá ya no importa qué digas ni cuánta verdad o razón lleve lo que dices: si muestras tu desacuerdo con ellos, tu voz debe ser callada, tu nombre arrastrado por el fango e inscrito en el libro del desprecio.

Qué precio tan alto puede costar en el Ecuador de los que dicen que "son más, muchísimos más", la defensa valiente de las ideas. Cualquier día, el oscuro funcionario de un ministerio, ejerciendo la cuchilla infame del censor, puede decidir que perteneces al bando de "los mismos de siempre" y enviar tu nombre a los estercoleros sin más trámite, con brutalidad, con aspaviento y en cadena nacional, como ellos acostumbran.

Como Churchill, me llevo muy mal con los fanáticos de todos los colores y tendencias, por la venda de intolerancia que llevan en los ojos; y porque pocas cosas son tan peligrosas y violentas como dividir al mundo entre el bando de los blancos y el bando de los negros, y tomar partido por uno de ellos.
Detesto a los caudillos´populistas, no importa de qué tendencia política vengan disfrazados: todos son perversos a la larga.

Detesto a los caudillos populistas porque el poder los enceguece y los corrompe. Normalmente comienzan su carrera como Mesías y terminan por los tejados, como los ladrones.

Estoy muy cansado de ver a nuestros gobernantes flameando con tanta vehemencia la bandera del insulto. 

Me aterra ver cómo, incluso alguna gente sensata de la oposición, sumergida en el calor de la pelea, devuelve los insultos con otros de igual o peor calibre. 

Me aterra contemplar de tarde en tarde como, a fuerza de luchar contra unos adversarios indeseables, inconscientemente y por efecto de un mimetismo diabólico, a ratos nos empezamos a parecer a ellos.

A veces trato de recordar cómo era el Ecuador antes de que lleguen al poder los dueños de la verdad. Me desespera no poder hacerlo con claridad, pero algo en mí sospecha que no éramos estos dos bandos de resentidos empeñados solo en hacernos daño. 

Recuerdo cómo muchos luchamos durante años para hacer de la política una cosa medianamente honorable, de personas sensatas, con unos mínimos éticos infranqueables. Hasta que llegaron los propulsores del "todo vale" a machacarnos la conciencia con sus consignas rimbombantes, su show sabatino, su droga disfrazada de revolución en los canales públicos.

Ellos dicen que son más, muchísimos más. Sé que no es verdad, pero si eso es capaz de devolver algo de la decencia a la lucha política en mi país, estoy incluso dispuesto a concedérselo. 

Me encantaría que me oiga el señor de los Sábados: se lo concedo, ustedes son más, pero eso no les da derecho a pasar a galope y arrasando, como una legión de Atilas, por sobre los que somos menos. ¿O acaso ya no hay espacio en este país para las minorías? ¿Es que decidieron -manía de todos las tiranías totalitarias de la historia- eliminar a todas las voces disidentes? Porque ese es el fin del estado de derecho, la mejicanización de los asuntos públicos, el final de la polìtica y el reino de las mafias.

Pocas cosas cansan tanto el alma como una lucha demasiado prolongada contra un grupo de bellacos. Quisiera simplemente cerrar los ojos, y dormir. Y despertarme en otro lado, en una tierra donde no se hubieran sembrado con tanta furia las semillas del resentimiento y la división entre hermanos. No sé habremos atravezado el punto desde el que ya no hay retorno.

Pienso en el futuro de mi país, y solo alcanzo a divisar un panorama triste.

Soy abogado y cada día veo al poder utilizando a la justicia para acallar toda voz disidente. Veo a aquellos que han sido obligados a callar, a aquellos cuyos derechos fueron pisoteados impunemente, resentidos hasta los tuétanos, esperando en el futuro su revancha.

Mi país es un desierto poblado por lobos enemigos.

Sé que nos llevará mucho tiempo curar estas heridas.




07 julio 2015

UN GOBIERNO INMORAL QUE SALTÓ AL VACÍO


POR: ROBERTO AGUILAR ANDRADE

Fuente: http://estadodepropaganda.com/2015/07/05/un-gobierno-inmoral-que-salto-al-vacio/

No hay retorno: los dos años que el gobierno tiene por delante serán una vertiginosa rodada cuesta abajo, como dice el tango. En esa caída sin remedio el correísmo ha decidido aferrarse a la mentira con uñas y dientes. Predecible final para un régimen que hizo de la propaganda la columna vertebral de su política. La mentira parece ser ahora la única estrategia, la única forma de gobierno, la única sustancia que le queda al correísmo. Ya ni siquiera es una mentira de aquellas que tratan de disimular una verdad oculta, sino de las que pretenden distorsionar una realidad evidente. Tan abierto, tan descarado es su empecinamiento en la mentira, tan insolente su forma de negar una realidad que a todos consta, que cualquier forma de diálogo, cualquier intento racional de hacer política y de debatir ideas se ha vuelto (si no lo era ya) simplemente impracticable. No hay manera. La única política que existe hoy en el Ecuador –y política de Estado– es la mentira. Por eso (aun sin necesidad de hablar de los manejos económicos, del régimen de contratación pública, de los negocios petroleros, en suma, del dinero) es lícito afirmar que el correísmo es un régimen inmoral.

El presidente ha llamado a un “gran diálogo nacional” y esa es su última gran mentira de una serie larga. En la más reciente sabatina, la 431 (ánimo, ya sólo faltan 97), dejó bien claro el alcance de ese diálogo: “Tenemos la razón –dijo–, tenemos la verdad. Estamos abiertos al debate”. ¿Qué clase de debate es ese? ¿Para qué debatir, para qué dialogar, si la razón y la verdad ya están adjudicadas de antemano? ¿No se supone que es en el curso del debate donde una razón y una verdad compartida, hecha de las razones y las verdades parciales de todos los debatientes, se establecen y se consensúan? ¿Para qué, si no, sirve el debate? ¿Y quiere que los ecuatorianos nos sometamos a ese diálogo amañado?

Ante eso ¿qué nos queda? Muchos ya tienen su respuesta: queda la calle. Peligrosa paradoja: el presidente, con su mentira, empuja al pueblo a la calle, no le da otra salida que manifestarse; y luego miente sobre la naturaleza de esas manifestaciones para descalificarlas, miente incansable, estruendosamente. Y amenaza. Empuja al pueblo a la calle y luego dice que en la calle no hay nadie, que son “cuatro pelagatos”, “unos cuantos oligarcas” y nada más, unos pocos representantes de “una clase engreída”. Empuja al pueblo a la calle y luego lo menosprecia, dice “nosotros somos más”, dice “les damos diez a uno”. Empuja al pueblo a la calle y luego lo calumnia. ¿No lo calumnió ya su propaganda cuando afirmó que los manifestantes eran unos borrachos? Ahora él dice que es gente llena de odio y de violencia que salió a tomarse Carondelet por la fuerza, que lo único que quiere es agredir policías, como si la conducta de tres desaforados provistos de palos pudiera aplicarse sin beneficio de inventario a una multitud pacífica integrada por familias enteras, ancianos, hasta niños. ¿Es casual que todos los policías heridos dijeran haber sido atacados por gente enmascarada? ¿Quién va con la cara cubierta a las manifestaciones de la avenida de los Shyris? ¿No es el gobierno –y esta pregunta es pertinente porque de un gobierno inmoral puede esperarse cualquier cosa– el que está enviando esos enmascarados con su guión de violencia para luego obtener las imágenes que repetirá hasta el hartazgo en todos los canales de televisión?

Miente Rafael Correa sobre la propia naturaleza de las masas que lo apoyan. “¡Cuánta convicción, cuánto compromiso!”, dice de la gente que acudió el jueves 2 de julio a la Plaza Grande a respaldarlo. ¿No sabe cuántos buses fueron necesarios para acarrear esa gente? ¿Sabe cuántos empleados públicos fueron sacados de sus trabajos y obligados a asistir? ¿Sabe cuántos sánduches, cuántos viáticos se repartieron? ¿Sabe cuánto nos cuesta a los ecuatorianos cada movilización en su apoyo? ¿Sabe que sin plata de por medio no lograría juntar ni a la cuarta parte de los que se reunieron ahí ese día? ¡Claro que lo sabe! Entonces ¿por qué habla de convicción y de entusiasmo? ¿Para engañar a un país que ya vio en la Internet los videos que muestran todo eso? ¿Para engañar a los mismos convocados que lo saben más que nadie? ¿Para autosugestionarse y renovar su fe? ¿O para reafirmar su fuerza? Para decirnos que pase lo que pase, por encima de toda razón y de toda decencia, por encima incluso de los hechos demostrables, está él con su sinrazón, su indecencia y sus mentiras. Para ratificar que él manda y las cosas son como él las pinte. Para eso miente Correa. Es un peligro.
Y dice “La verdad ante todo”. Y dice “Siempre con la verdad”. Y dice “Yo sé que el Ecuador se divide entre los que me quieren y los que no me quieren pero todos me creen, sobre todo los que no me quieren. La credibilidad del presidente es incuestionable”. Mucha jeta. Mucha insolencia. Mucha inmoralidad.

Miente Rafael Correa y amenaza. Velada, cobardemente. “Yo creo que hay que reconsiderar esto”, instruyó en la sabatina al ministro de la Policía, José Serrano, a propósito de la orden dada a los antimotines de aguantar y no reprimir a los manifestantes (orden que, en los hechos, –ahí están los videos– no se aplica cuando los desalojan). ¿Reconsiderarlo dijo? Tal cual. Porque “se ha aguantado demasiado” y “tampoco vamos a exponer a nuestros policías”. Insistió mucho en esto. ¿Qué tiene en mente el presidente? ¿A qué se refiere cuando dice que “no nos vamos a quedar con los brazos cruzados” ante la marcha que el alcalde de Quito anunció para los próximos días en la ciudad? “¡Van a planificar una gran marcha –vociferó el jueves en el balcón de Carondelet–, sabiendo lo que eso significa!”. Pues no, ¿qué significa? ¿Es ilegal? ¿Está prohibido? ¿Es peligroso? ¿Por qué habría de serlo? ¿Piensa reprimir? ¿Piensa convocar a sus huestes y atacar? ¿Qué cosa es no quedarse con los brazos cruzados? ¿Es mandar a José Serrano con una turba de provocadores que azuzan a los manifestantes –esto también está documentado– desde el otro lado del cordón policial? ¿O algo peor? ¿De qué está hablando el presidente? ¿Ya no se puede marchar?

¿Miente el presidente para tener un pretexto para reprimir? ¿Así piensa mantenerse en el poder los dos años que le quedan? ¿A dónde nos quiere llevar?

El discurso de Rafael Correa desde el balcón de Carondelet el pasado 2 de julio fue un despliegue de testosterona para echarse a temblar. O para llorar. Ni una sola idea política, ni una línea de sensatez, ni una pizca de cordura, ni una palabra que reflejara aquel humanismo que dice profesar. Simple bazofia callejera, lenguaje (verbal y gestual) de gallito de pelea, gritos desaforados, cantos, consignas, arengas de combate. Y mentiras, muchas mentiras. ¡Ah, cómo mintió Correa desde el balcón ese día! Mintió hasta enronquecer. E instruyó a sus seguidores (en esto empleó sus mejores esfuerzos y la mayor parte de su tiempo) sobre cómo se debe gritar en las calles contra los golpistas oligarcas y engreídos. Eso y nada más: la guerra.

En 2007 lo tenía todo para cambiar el país y refundar la democracia: el apoyo de la inmensa mayoría del pueblo; el hastío de ese mismo pueblo frente a la vieja política, sus ganas de cambiar, y, por si eso fuera poco, el mejor contexto económico desde los tiempos de Jaime Roldós. Ocho años después, un país enfermo de tanta prepotencia y tanta mentira no tiene otra salida posible que volcarse a la calle. Y en el horizonte político, la más plausible herencia correísta que se nos presenta es Jaime Nebot, el líder cantonal a quien la insensatez, la prepotencia y las mentiras del caudillo volvieron a encumbrar en el escenario nacional. ¿No era Jaime Nebot el más fiel representante de esa derecha autoritaria y vociferante a la que no queríamos volver? ¿No estaban, él y su manera de hacer política, derrotados no por Rafael Correa, sino la rebelión popular de 2005 que fue contra Lucio Gutiérrez y contra todos? En las manifestaciones de abril de ese año ningún político de ningún partido se atrevía a aparecerse entre la multitud. Y si lo hacía era pacífica pero firmemente expulsado. En las marchas de ahora, que por lo demás se parecen tanto a aquellas, cualquiera con un micrófono y una tarima improvisada puede lanzarse a buscar réditos políticos. La multitud quiere seguir a alguien que lo saque de este marasmo y parece dispuesta a seguir a cualquiera. Contra Correa, cualquiera. Y por simple muestreo numérico, el afortunado hasta el momento es alguien como Nebot, alguien qué carajee y no se ahueve. Lo mismo de antes. ¿Ese es el logro de la supuesta revolución que se llamó a sí misma ciudadana? ¿No haber dejado salida alguna para ejercer la ciudadanía? ¿Esa es la democracia que construyó el correísmo?

VAYA Y HAGA SUS DEBERES RUBÉN DARÍO BUITRÓN

[Mi respuesta a su crónica titulada "La estrategia del matón", publicada en su blog RUBÉN DARÍO BUITRÓN. La crónica original puede leerse en: https://rubendariobuitron.wordpress.com/2015/07/04/la-estrategia-del-maton/]

Usted Rubén Darío Buitrón, viejo periodista, sabe los deberes más elementales del oficio; entre ellos, está por demás recordarle su deber de darse al menos una vueltita por la calle para confirmar si sus sueños tienen algún asidero en la realidad. Como no lo ha hecho, yo, un quiteño que ha participado en casi todas las marchas de protesta en contra del régimen del presidente Correa, me permito contradecir su crónica en los siguientes puntos:

1. "Las marchas en contra del gobierno ya empezaban a agotarse": es falso; en verdad el descontento y las ganas de protestar están absolutamente vivas. No me lo crea. Revise su twitter (del que me tiene bloqueado pese a que nunca le he insultado y he buscado solo debatir con altura) y mire todos los vídeos que se colgaron ayer sobre la protesta espontánea que se dio en Quito al paso de la caravana oficial que venía detrás del vehículo del Papa Francisco.

2. "Las marchas se agotan por no saber cómo responder cuando el presidente de la República suspendió el trámite de las leyes que, supuestamente, eran la causa de la agitación callejera": es falso; si se hubiera dado una vueltita por las calles como lo hace cualquier reportero responsable, hubiera notado la gran variedad de las consignas que mueven al pueblo quiteño y ecuatoriano en estos días: la suspensión de esas dos leyes, es casi un asunto menor. La lucha contra la mentira y el aparato de propaganda que acosa y calumnia, la suspensión de las sabatinas, el cese del despilfarro y la corrupción, son temas reiterativos a los que, convenientemente, ni usted ni sus colegas que trabajan a sueldo del gobierno han querido dar la más mínima atención ni cobertura. No importa, es solo la vieja estrategia del avestruz.

3. "Los líderes de los violentos consiguieron al mercenario adecuado y le dieron la consigna de atacar a la policía para que esta contraatacara. Esos líderes buscan que de las protestas surjan muertos". Grave afirmación. Grave e irresponsable. ¿Alguna pruebita -aunque sea una- para sostener esa acusación? Quienes hemos estado en las protestas con nuestras mujeres, con nuestros padres y hermanos, los que hemos visto centenares, miles de padres y madres de familia, de estudiantes, de médicos, de viejos jubilados, de empleados públicos, de profesionales, de campesinos y de trabajadores marchar de forma absolutamente pacífica, estamos muy sorprendidos por la presencia de ese "mercenario". Lo que no nos sorprende tanto es la presencia "casual" de las televisoras de los canales del gobierno justo al lado de ese mercenario en el momento en que decidió arremeter a palazos contra la policía; no nos sorprende porque ya lo vimos en San Francisco en la noche del 19 de noviembre; y antes, en la marcha de los Yasunidos. Siempre ocurre al final de la marcha, cuando el 95% de los marchistas ya se ha retirado. ¿No le parece sospechoso? Hay que mirar las cosas con mala leche y bastante mala fe para montarse en el discurso gubernamental de "los violentos" como único argumento en contra de las protestas multitudinarias.  Pero ya que estamos en esas, ¿no suena más creíble que, dentro de la vieja tradición política de este país, el gobierno infiltre en las marchas policías camuflados de civil para generar actos violentos y poder culpar a los manifestantes de la violencia que él mismo provoca? No me haga caso, es solo una elucubración irresponsable de mi parte; igual que la suya que acabo de comentar; como usted, no tengo ni una sola prueba para acreditar lo que digo.

La próxima vez que quiera dárselas de cronista de las protestas, tenga señor Buitrón al menos la decencia de darse una vueltita por la calle, o mire la transmisión de las mismas en algún canal independiente, porque parece que usted la materia prima para sus crónicas la obtiene directamente en la SECOM o en el Ministerio del Interior. Y que conste que no digo que esté recibiendo sueldo de esas instituciones.

11 marzo 2015

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE

6 de diciembre de 2014 a la(s) 6:54
Y para variar, nuestro Princeso termina su rimbombante discurso de inauguración del edificio de UNASUR (la base de los power rangers sudamericanos) con su originalísima frase "¡Hasta la victoria siempre!"...

"¡Hasta la victoria siempre!"... qué consignita... la de los que no saben, no quieren, no han aprendido a perder nunca; la consigna del típico picado que cuando niño era capaz de llevarse la pelota antes de terminar el partido si su equipo iba perdiendo.

"¡Hasta la victoria siempre!"... veo a este hombre y lo siento cada vez más lejano, más encumbrado en la gloria de espumaflex que le han construido los inefables hermanitos Alvarado a fuerza de sabatinas y cadenas nacionales para que pueda entrar en la historia (aunque sea a patadas).

¿Será que alguna vez, antes de que sea tarde, alcanza a darse cuenta de toda la miseria de la que está construido todo culto a la personalidad? ¿Será que Alianza País intenta algún día llegar a ser algo más que "el correísmo"?

Cuando anunciaba hace seis años la nueva Constitución, (esa que debía durar 300 años, esa que  vendía con labia de curandero promocionando el remedio para todos los males en feria de pueblo), hacía ya uso de esos discursos llenos de superlativos y exageraciones; él tal vez no era plenamente consciente, pero en las tarimas imitaba a cierto megalómano austríaco que en su momento habló de que con Él se iniciaba "el Reich de los mil años".

Él sueña con llegar a ser Alfaro... más grande que Alfaro. Olvida que los dictadores pasan, que para bien o para mal el pueblo llano se va educando y deja de creer en (y buscar) mesías. Que dentro de pocos años el correísmo será solamente otro trago amargo de esos que aprendimos los ecuatorianos a tragarnos, en nuestra impenitente búsqueda de una verdadera democracia... como en su momento nos tragamos ya el floreanismo, el urbinismo, el garcianismo, el alfarismo, el febrescorderismo y cinco velasquismos.

A veces ganamos. A veces perdemos.

Los dictadores pasan. Los pueblos quedan.

6-12-2014

07 marzo 2015

EL DÍA QUE EL GRAN HERMANO ENTRÓ A LOS MOTELES


Quisiera que lo que usted está empezando a leer, amable y espantado lector, fuese un manifiesto;  un manifiesto a favor de la libertad, de la tolerancia, de la posibilidad de encontrar vías distintas a la prohibición y a la represión para restablecer el entendimiento y la concordia entre los que habitamos este chiquito país. Ojalá pueda ser algo más que un panfleto.

Estas líneas –debo confesarlo de inicio- fueron inspiradas por un cabreo, por un cabreo que es hijo de muchos otros cabreos anteriores: el cabreo de volver a contemplar como distintas autoridades de nuestro país, sin que apenas se den cuenta, han sido poseídas por un espíritu perverso: el espíritu de la prohibición y el control; ese mismo espíritu que fue diseccionado por Foucault hace ya bastantes años, y sobre el que escribió aquellas páginas magistrales que han inspirado a tantos.

El caso es sencillo: una autoridad municipal, previsora y “creativa”, envía una carta a todos los dueños de los locales comerciales, tiendas, bares, etc. que se ubican en la vía a Cununyacu (principio de la intervalles, como la conocemos quienes habitamos en el valle de Cumbayá), prohibiéndoles la venta de bebidas alcohólicas en los días de carnaval y advirtiéndoles con una fortísima sanción. Un caso simple en apariencia: la autoridad velando por la seguridad de sus ciudadanos. En el fondo, una nueva prohibición, una más, que se suma a las miles de prohibiciones con que el Estado refrena y dirige la conducta de los ciudadanos, en casi todos los aspectos concebibles de la vida social. Pocos días después, al  ministro encargado de velar por nuestra seguridad se le ocurre la graciosísima idea de poner cámaras en los prostíbulos y moteles del país; “no en las habitaciones ni en los baños” -se ha justificado-, “porque somos respetuosos del derecho a la intimidad de los ciudadanos”. Desde luego, el chiste se cuenta solo. En un país donde ya casi no queda autoridad pública de mediano y alto rango que no considere casi “normal” hacer de su cargo un botín pirata, en un país donde ya casi cualquiera vende a su vecino por unas míseras monedas, ¿se imaginan ustedes el valor que pueden llegar a tener esos vídeos de fulanito o menganito entrando al motel o al puticlub? Aún si fulanito toma la estrategia de llegar con pasamontañas ¿podrá decidirse también a violar flagrantemente la ley para camuflar de alguna manera la placa de su auto para que no quede grabada? Moteleros de mi país, uníos, lo único que tenéis que perder son vuestras cadenas.

Lo anterior me lleva a una reflexión sobre el espíritu que subyace en todas estas “políticas de seguridad” que viene implementando desde hace rato el régimen. Digamos primero que en materia de seguridad, parece ser que la apuesta ha sido por el control y la represión. Multas altas, incremento de penas, sanción con cárcel incluso para nimiedades… y cámaras, muchas cámaras; el derecho penal del enemigo y cámaras, cámaras en las siete direcciones. Al final del día, el gigantesco Ojo Controlador del Gran Hermano vigilando que todos, en todas partes, seamos unos buenos chicos y nos portemos bien. Desde luego, ellos se reservan el privilegio de decirnos lo que está bien. En el horizonte, un panorama desolador. 

Ya no parece válido apostarle a una sociedad donde los valores en los que nos empeñemos sean la solidaridad, la confianza o el servicio. Casi sin darnos cuenta, nos hemos llenado (incluso dentro de nuestras propias casas) de cámaras vigilantes y de alarmas. Dentro de esta cultura “tecnológica” en que nos ha tocado vivir, donde la transmisión de fotografías y vídeos se ha puesto al alcance de casi todo el mundo, pareciéramos estar obsesionados con las cámaras: “si no sales en la tele, no existes” me decía no hace muchos años un viejo amigo publicista. Al paso que vamos, todos terminaremos de actores de una película cuyo guión no escogimos y que ha sido impuesta por intereses que ni siquiera sospechamos.

La otra tarde con mi hija, mientras paseábamos por Quito, por la avenida Amazonas, se nos dio por descubrir todas las cámaras que vigilan desde las alturas el espacio público. El panorama eriza los pelitos del cuerpo: hay cuadras donde detectamos hasta 4 cámaras. Por si usted, distraído transeúnte de mi país no se ha dado cuenta, a estas alturas de su vida debe haber miles de horas de filmaciones de las que usted o su vehículo son protagonistas sin apenas haberse dado cuenta. En mis adentros, me quedó flotando el pensamiento de que ya las calles no son nuestras hace rato: son del Gran Hermano; como tampoco lo son los parques, los centros y locales comerciales,los restaurantes donde la camarita discretamente colocada en la esquina de cualquier parte se ha vuelto ya tan natural para nosotros que la consideramos casi parte del paisaje.

¿Será que nos estamos dejando avasallar y hemos empezado a formar parte de esta cultura de seres desconfiados y temerosos, que lo solucionan todo apelando al 911? A este paso, va a llegar un día donde no quede ya un espacio de la vida personal o social que no esté vigilado por una cámara. Por eso repugnan las cámaras en los moteles; porque algo en nuestras más profundas profundidades nos alerta a rebelarnos en defensa de nuestro derecho a la intimidad; porque nos rebelamos contra un mundo donde todo sea "parte del interés púbico", ese espeluznante ideal fascista al que Mussolini le diera cuerpo un día con la frase: "Dentro del Estado, todo; fuera del Estado, nada"; porque es árida y sin brillo una vida donde todo sea público o "publicable". No queremos más control y derecho penal como única solución para nuestras anomias sociales. 

Al final, un desierto: ciudadanos controlados, vigilados,  "alarmados", reprimidos, incapaces para la espontaneidad y la alegría sincera, ciudadanos amaestrados por un poder invisible que les diseñó una vida donde lo que cuenta es posar bien  para las cámaras. El único feliz en una sociedad de esta naturaleza, tiene que ser el Gran Hermano, ese Gran Ojo Vigilante y Todopoderoso que todo lo mira y todo lo sabe; y que nos cuida desde los rincones menos pensados listo para dejar caer sobre nosotros su espada justiciera, esa que impone “la verdad filmada” en nombre de un montón de principios que apenas alcanzamos a comprender o recordar, pero que está ahí, sonriente y feliz, cuidando que seamos unos chicos bien educados, y que nos portemos bien.

A este paso, sospecho que en no más de 40 o 50 años, por cada ciudadano habitando en el chiquito país habrá otro detrás de una pantalla conectada a muchas cámaras, vigilando que en cada momento o espacio donde se nos ocurra pintar la vida con nuestros particulares colores, “no nos salgamos de las líneas”. Parece una novela de terror inspirada en Orwell o Bradbury, pero hacia allá caminamos señoras y señores, hacia allá caminamos.


06 febrero 2015

LAS CAUSAS DE LAS ADICCIONES NO SON LAS QUE TÚ CREES

Por: Johann Hari 
(Autor de 'Chasing The Scream: The First and Last Days of the War on Drugs')

Hace ahora cien años que las drogas se prohibieron por primera vez. En todo este siglo de guerra contra las drogas, nuestros profesores y gobiernos nos han contado una historia sobre la adicción. Esta historia está tan arraigada en nuestra mente que ya la damos por hecho. Parece algo obvio. Parece manifiestamente cierto. Hasta que hace tres años y medio comencé un viaje de 48.000 kilómetros con mi nuevo libro,Chasing The Scream: The First And Last Days of the War on Drugs, para descubrir lo que realmente impulsaba la guerra contra las drogas, o eso creía. No obstante, lo que aprendí en el camino es que casi todo lo que nos han contado sobre la adicción es falso; hay una historia diferente a punto de ser contada, si es que estamos dispuestos a escucharla.
Si absorbemos esta nueva historia, tendremos que cambiar mucho más que la guerra contra las drogas. Tendremos que cambiarnos a nosotros mismos.
Yo lo aprendí de una mezcla extraordinaria de gente que conocí en mis viajes. De los amigos supervivientes de Billie Holiday, que me ayudaron a entender que el fundador de la guerra contra las drogas la acechó y contribuyó a matarla. De un médico judío, al que sacaron de un gueto de Budapest siendo un bebé para después revelar los secretos de la adicción siendo adulto. De un camello de crack transexual de Brooklyn que fue concebido cuando su madre, adicta al crack, fue violada por su padre, un agente de policía de Nueva York. De un hombre al que un dictador torturador retuvo en un pozo durante dos años y después fue elegido presidente de Uruguay para dar comienzo al final de la guerra contra las drogas.
Tenía un motivo bastante personal para querer saber esas respuestas. Uno de mis primeros recuerdos de niño es intentar despertar a un familiar y no ser capaz. Desde entonces, le he dado vueltas al misterio esencial de la adicción: ¿qué provoca que algunas personas se queden fijas en una droga o en un comportamiento sin poder parar? ¿Cómo ayudamos a esas personas a que vuelvan? A medida que me hago mayor, otro de mis familiares cercanos desarrolló una adicción a la cocaína y yo tuve una relación con un adicta a la heroína. Vamos, que estoy familiarizado con la adicción.
Si al principio me hubieras preguntado qué provoca la adicción a las drogas, te habría mirado como si fueras idiota, y habría dicho: "Pues las drogas". No hay más que rascar. Pensé que lo llevaba viendo toda mi vida. Todos lo podemos explicar. Imagina que tú y yo y otras 20 personas que pasan por la calle tomaran una potente droga durante 20 días. Esas drogas tienen sustancias químicas muy adictivas, así que si lo dejáramos el día 21, nuestro cuerpo necesitaría esas sustancias. Tendríamos un mono terrible. Seríamos adictos. Eso es lo que significa la adicción.
Una de las formas en que esta teoría se estableció por primera vez fue mediante experimentos de ratas, que se inyectaron en la mente de los americanos en la década de los 80 con una famosa publicidad de Partnership for a Drug-Free America. Puede que os acordéis. El experimento es simple. Pon una rata en una jaula con dos botellas de agua. Una sólo con agua. La otra con heroína o cocaína diluida. Casi todas las veces que lleves a cabo este experimento, la rata se obsesionará con el agua con droga y volverá a por más hasta que muera.
El anuncio explica: "Una sola droga es tan adictiva que nueve de cada diez ratas de laboratorio la consumirán. Cada vez más. Hasta la muerte. Se llama cocaína. Y puede hacerte lo mismo a ti".
No obstante, en los setenta, un profesor de Psicología de Vancouver llamado Bruce Alexander descubrió algo extraño en este experimento. La rata está sola en la jaula. No tiene otra cosa que hacer aparte de tomar drogas. ¿Qué ocurriría, se preguntaba, si se intentara de otra manera? Entonces, el profesor construyó un parque para ratas (Rat Park). Se trata de una jaula de diversión en la que las ratas tenían pelotas de colores y la mejor comida para ratas y túneles para corretear y muchos amigos: todo lo que una rata querría. Alexander quería saber qué ocurriría.
En el parque de ratas, todas probaron los dos botes de agua porque no sabían qué contenían. Pero lo que sucedió fue sorprendente.
A las ratas que llevaban una buena vida no les gustó el agua con droga. En general, evitaban beberla y consumían menos de un cuarto de las drogas que tomaban las ratas aisladas. Ninguna murió. Mientras que las ratas que estaban solas e infelices se hicieron adictas, no le ocurrió lo mismo a ninguna de las que vivía en un entorno feliz.
Al principio pensé que era sólo una particularidad de las ratas, hasta que descubrí que al mismo tiempo estaba teniendo lugar un experimento equivalente en humanos. Se llamaba la Guerra de Vietnam. La revista Time informó de que el consumo de heroína era "tan común como mascar chicle" entre los soldados estadounidenses, y hay evidencias claras que lo respaldan: un 20% de los soldados estadounidenses había desarrollado adicción a la heroína allí, según un estudio publicado en los Archivos de Psiquiatría General. Muchas personas estaban comprensiblemente aterradas; creían que un gran número de adictos volvería a casa cuando terminara la guerra.
No obstante, un 95% de los soldados adictos -de acuerdo con el mismo estudio- dejó las drogas. Muy pocos se sometieron a rehabilitación. Pasaron de una terrorífica jaula a un lugar agradable, por lo que ya no querían tomar drogas.
El profesor Alexander defiende que este descubrimiento es un profundo reto tanto para la visión de derechas de que la adicción es un fracaso moral debido a los excesos hedonistas, como para la visión liberal de que la enfermedad es una enfermedad que tiene lugar en un cerebro químicamente secuestrado. De hecho, defiende que la adicción es una adaptación. No eres tú. Es tu jaula.
Después de la primera fase de Rat Park, el profesor Alexander continuó con sus pruebas. Repitió los primeros experimentos, en los que las ratas estaban solas y consumían la droga de forma compulsiva. Dejó que la consumieran durante 57 días. Luego las sacó del aislamiento y las situó en el parque para ratas. Quería saber si al caer en ese estado de adicción, el cerebro está tan secuestrado que es imposible recuperarse. ¿Las drogas se apoderan de ti? De nuevo, lo que ocurrió fue sorprendente. Parecía que las ratas tenían síntomas de abstinencia, pero pronto dejaron de consumir tantas drogas y volvieron a llevar una vida normal. La jaula buena las salvó. Las referencias completas de todos estudios que cito están en el libro.
Cuando me enteré, me quedé impactado. ¿Cómo podía ser? Esta nueva teoría es un ataque tan radical sobre lo que siempre nos han dicho que parece imposible, irreal. Pero a cuantos más científicos entrevistaba y más estudios leía, más cosas descubría que parecían no tener sentido, a menos que se tuviera en cuenta este nuevo enfoque.
Este es un ejemplo de un experimento que ocurre a tu alrededor y que quizá también te ocurra a ti algún día. Si sales hoy a correr y te rompes la cadera, probablemente te den diamorfina, el nombre médico de la heroína. En el hospital hay mucha gente que recibe heroína como calmante por un largo período. La heroína que te da el médico tiene una pureza y potencia mucho mayor que la de la heroína que se consume en la calle, que venden y adulteran los delincuentes. Por tanto, si la antigua teoría de la adicción es cierta -las drogas la provocan; hacen que tu cuerpo las necesite-, entonces es obvio lo que debería ocurrir. Un montón de gente, al salir del hospital, iría por las calles pidiendo heroína para seguir con su hábito.
Pero ahí está lo extraño: que, virtualmente, nunca ocurre. El doctor canadiense Gabor Mate fue el primero en explicarme que los consumidores clínicos lo dejan sin más, a pesar de que se han estado drogando durante meses. La misma droga, utilizada durante el mismo período de tiempo, convierte a los usuarios de la calle en adictos desesperados, mientras que no afecta a los pacientes médicos.
Si sigues creyendo -como me pasaba a mí antes- que la adicción está provocada por sustancias químicas, esto te resultará incomprensible. Pero si crees la teoría de Bruce Alexander, el puzle empieza a cobrar sentido. Los adictos callejeros son como las ratas de la primera jaula, aislados, solos, con una sola vía de escape a su disposición. El paciente médico es como las ratas de la segunda jaula. Vuelve a casa a una vida rodeada por la gente que ama. La droga es lo mismo, pero el entorno es diferente.
Esto nos da una visión que va mucho más allá de la necesidad de entender a los adictos. El profesor Peter Cohen defiende que los seres humanos tienen una necesidad profunda de apego y de crear vínculos. Es así como obtenemos satisfacción. Si no podemos conectar con las personas, conectaremos con cualquier cosa que encontremos, el zumbido de una ruleta o el pinchazo de una jeringuilla. Afirma que deberíamos dejar de hablar sobre "adicción" en general para empezar a llamarlo "apego". Un adicto a la heroína se ha adherido a ella porque no ha podido vincularse con otra cosa hasta ese punto.
Por tanto, lo opuesto a la adicción no es la sobriedad. Es la conexión humana.
Cuando me enteré de todo esto, descubrí que poco a poco me estaba convenciendo, pero me seguían asaltando algunas dudas. ¿Decían esos científicos que las sustancias adictivas no tenían nada que ver? Entonces me explicaron que puedes hacerte adicto al juego y nadie piensa que te inyectas un paquete de cartas en las venas. Puedes tener todo tipo de adicciones sin que impliquen ningún componente químico. Un día fui a una reunión de Jugadores Anónimos en Las Vegas (con el permiso de todos los presentes, que sabían que estaba ahí para observar) y vi que eran tan adictos como los cocainómanos y heroinómanos que conocía. Y aun así, no había sustancias químicas adictivas de por medio.
Con todo, seguía preguntándome si los componentes químicos desempeñaban algún papel. Resulta que hay un experimento que daba la respuesta precisa, y que aprendí gracias al libro The Cult of Pharmacology, de Richard DeGrandpre.
Todo el mundo sabe que fumar tabaco es uno de los hábitos más adictivos. Las sustancias químicas del tabaco proceden de una droga llamada nicotina. Cuando se crearon los parches de nicotina a principios de los noventa, creció el optimismo: los fumadores podrían saciar su adicción sin sufrir los efectos perniciosos (y mortales) de los cigarrillos. Serían liberados.
No obstante, el Departamento del Cirujano General reveló que el 17,7% de los fumadores son capaces de dejarlo usando parches de nicotina. Esto tiene su importancia. Si las sustancias químicas llevan al 17,7% de la adicción, como esto demuestra, son millones de vidas arruinadas a nivel mundial. Esto significa que la historia que nos han contado de que La Causa de la Adicción son las sustancias adictivas es verdadera, pero es sólo una pequeña parte de un panorama mucho mayor.
Todo esto tiene grandes implicaciones en la guerra contra las drogas que lleva lidiándose todo un siglo. Esta guerra masiva que, como he visto, mata a gente desde México a Liverpool, está basada en la afirmación de que necesitamos erradicar físicamente un montón de sustancias químicas que interceptan el cerebro de la gente y provocan adicción. Pero si las drogas no son la causa de la adicción -si, en realidad, es el desapego lo que la provoca-, vuelve a resultar incomprensible.
Por irónico que parezca, la guerra contra las drogas realmente incrementa todas esas causas de la adicción. Por ejemplo, fui a una cárcel en Arizona, Tent City, donde los presos están aislados en diminutas cuevas de piedra (The Hole [El Agujero]) durante semanas para castigarlos por el uso de drogas. Es la recreación humana más próxima a las jaulas que garantizaban la adicción mortal de las ratas. Cuando esos prisioneros salgan, no tendrán posibilidades de trabajo por sus antecedentes penales; estarán incluso más aislados. Es lo que he comprobado a través de todas las historias humanas que he descubierto a lo largo y ancho del mundo.
Hay una alternativa. Se puede construir un sistema diseñado para ayudar a los adictos a reconectar con el mundo y dejar atrás sus adicciones.
No es algo teórico. Está ocurriendo. Lo he visto. Hace casi 15 años, Portugal tenía uno de los peores problemas de drogas en Europa: el 1% de la población era adicta a la heroína. Probaron una guerra contra las drogas y el problema no hizo más que empeorar. Entonces decidieron hacer algo radicalmente diferente. Pensaron despenalizar todas las drogas y utilizar todo el dinero que antes gastaban en arrestar y encarcelar a los drogadictos en reinsertarlos y reconectarlos con sus propios sentimientos y con la sociedad. El paso más importante es conseguirles un alojamiento seguro y un trabajo para que tengan un objetivo en la vida y algo por lo que levantarse cada mañana. Yo vi cómo les enseñaban en clínicas cálidas y acogedoras a reconectar con sus sentimientos tras años de trauma y de silencio con las drogas.
Me enteré de que un grupo de adictos recibió un préstamo para crear una empresa de mudanzas. Eran un grupo, todos conectados entre sí y con la sociedad, responsables del cuidado de cada uno.
Los resultados de todo esto ahora están aquí. Un estudio independiente del British Journal of Criminology descubrió que desde la total despenalización, había disminuido la adicción, y el uso de drogas inyectadas había bajado un 50%. Repito: el uso de drogas inyectadas se redujo un 50%. La despenalización ha sido un éxito tan evidente que muy pocas personas en Portugal quieren volver al antiguo sistema. El que más campaña hizo contra la despenalización en 2000 fue Joao Figueira, inspector jefe del cuerpo de narcóticos de Portugal. Hizo todas las advertencias nefastas que se esperarían del Daily Mail o de Fox News. Pero cuando estuvimos juntos en Lisboa, me dijo que no ocurrió nada de lo que había predicho... y que ahora espera que todo el mundo siga el ejemplo de Portugal.
Esto no sólo afecta a las personas drogadictas a las que quiero. Es relevante para todos nosotros, porque nos obliga a pensar de forma diferente sobre nosotros mismos. Los seres humanos son animales de vínculos. Necesitamos apego y amor. La frase más sabia de todo el siglo XX fue el "conecta tan sólo", de E. M. Forster. Pero hemos creado un entorno y una cultura que nos impide la conexión, o que ofrece sólo la parodia de ello a través de internet. El aumento de la adicción es un síntoma de una enfermedad más profunda de la forma de vida que llevamos, que dirige constantemente nuestra mirada hacia el próximo objeto brillante que deberíamos comprar en lugar de hacia los seres humanos que nos rodean.
El escritor George Monbiot lo ha llamado "la era de la soledad". Hemos creado sociedades humanas en las que es más fácil que nunca que la gente carezca de conexiones humanas. Bruce Alexander, el creador de Rat Park, me dijo que durante mucho tiempo hemos estado hablando exclusivamente de la recuperación de la adicción de forma individual. Ahora tenemos que hablar de la recuperación social, el modo en que todos nos recuperamos, unidos, de la enfermedad del aislamiento que nos invade como una espesa niebla.
Pero esta nueva prueba no sólo supone un reto políticamente hablando. No sólo nos obliga a cambiar la mente. Nos obliga a cambiar nuestro corazón.
Amar a un adicto es realmente duro. Cuando miraba a los adictos a los que quiero, siempre estaba tentado de seguir los consejos para un amor difícil promovidos por losrealities como Intervention (dile al adicto que se reponga o deshazte de él). Su mensaje es que deberíamos evitar a los adictos que no lo van a dejar. Es la lógica de la guerra contra las drogas, importada a nuestras vidas privadas. No obstante, aprendí que así sólo acrecentará su adicción y acabarás perdiéndolos. Llegué a casa decidido a unirme más que nunca a los adictos que conocía, para hacerles saber que los quiero de forma incondicional, independientemente de si lo dejan o si no pueden dejarlo.
Cuando volví de mi largo viaje, miré a mi exnovio, con síndrome de abstinencia, temblando en la cama de invitados, y pensé en él de otra forma. En el último siglo, hemos estado cantando canciones de guerra sobre adictos. Mientras le secaba la frente, se me ocurrió que deberíamos haberles cantado canciones de amor.
La historia completa del viaje de Johann Hari -contada a través de las historias de la gente que conoció- se puede leer en su libro 'Chasing The Scream: The First and Last Days of the War on Drugs', publicado por Bloomsbury. El libro ha recibido elogios de todo el mundo, desde Elton John hasta Glenn Greenwald, pasando por Naomi Klein. Puedes leer más sobre el libro en www.chasingthescream.com.
Johann Hari hablará sobre su libro el 29 de enero a las 19.00, hora estadounidense (la 1:00 en la Península), en la librería Politics and Prose, en Washington DC. El 30 a mediodía estará en Nueva York en la 92nd Street Y. El 4 de febrero por la tarde estará en la librería Red Emma en Baltimore.
Las referencias y las fuentes bibliográficas de toda la información citada en este artículo se pueden encontrar en las extensas notas del libro.
Si os interesan las noticias sobre el libro y este tema, podéis visitar la página de Facebook Chasingthescream y darle a 'me gusta'.
Este post apareció originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano.
Seguir a Johann Hari en Twitter: www.twitter.com/johannhari101
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