14 septiembre 2015

LA HERIDA QUE AHORA SOMOS

No importa que los insultos vengan desde el gobierno, pues son parte de su esencia.
Lo que debe preocuparnos mucho es cuando los insultos van hacia el gobierno.

Detesto el insulto como argumento.

No acostumbro juzgar a las personas por quienes son. En los asuntos públicos, el corazón de la política, no interesa qué hace una persona en su casa, en sus vacaciones o en su cama. Interesa lo que piensa, lo que dice, y sobre todo las consecuencias para la comunidad de sus ideas y sus actos.

Cuando la política se practica con dignidad, entre gente decente, se combaten ideas, formas de entender las relaciones entre los seres humanos, formas de generar y distribuir la riqueza. Cuando la política es asunto de mafias de ladrones disfrazados de gente decente, el fin siempre justifica los medios, y no hay limites éticos para enfrentar al adversario.

Pienso en el señor de los Sábados y sé que le ha hecho mucho daño al debate democrático en el Ecuador, pues ha instaurado como nadie antes la costumbre de "matar sistemáticamente al mensajero" en lugar de promover - como lo haría un buen líder- el debate franco y respetuoso sobre "los  mensajes". Acá ya no importa qué digas ni cuánta verdad o razón lleve lo que dices: si muestras tu desacuerdo con ellos, tu voz debe ser callada, tu nombre arrastrado por el fango e inscrito en el libro del desprecio.

Qué precio tan alto puede costar en el Ecuador de los que dicen que "son más, muchísimos más", la defensa valiente de las ideas. Cualquier día, el oscuro funcionario de un ministerio, ejerciendo la cuchilla infame del censor, puede decidir que perteneces al bando de "los mismos de siempre" y enviar tu nombre a los estercoleros sin más trámite, con brutalidad, con aspaviento y en cadena nacional, como ellos acostumbran.

Como Churchill, me llevo muy mal con los fanáticos de todos los colores y tendencias, por la venda de intolerancia que llevan en los ojos; y porque pocas cosas son tan peligrosas y violentas como dividir al mundo entre el bando de los blancos y el bando de los negros, y tomar partido por uno de ellos.
Detesto a los caudillos´populistas, no importa de qué tendencia política vengan disfrazados: todos son perversos a la larga.

Detesto a los caudillos populistas porque el poder los enceguece y los corrompe. Normalmente comienzan su carrera como Mesías y terminan por los tejados, como los ladrones.

Estoy muy cansado de ver a nuestros gobernantes flameando con tanta vehemencia la bandera del insulto. 

Me aterra ver cómo, incluso alguna gente sensata de la oposición, sumergida en el calor de la pelea, devuelve los insultos con otros de igual o peor calibre. 

Me aterra contemplar de tarde en tarde como, a fuerza de luchar contra unos adversarios indeseables, inconscientemente y por efecto de un mimetismo diabólico, a ratos nos empezamos a parecer a ellos.

A veces trato de recordar cómo era el Ecuador antes de que lleguen al poder los dueños de la verdad. Me desespera no poder hacerlo con claridad, pero algo en mí sospecha que no éramos estos dos bandos de resentidos empeñados solo en hacernos daño. 

Recuerdo cómo muchos luchamos durante años para hacer de la política una cosa medianamente honorable, de personas sensatas, con unos mínimos éticos infranqueables. Hasta que llegaron los propulsores del "todo vale" a machacarnos la conciencia con sus consignas rimbombantes, su show sabatino, su droga disfrazada de revolución en los canales públicos.

Ellos dicen que son más, muchísimos más. Sé que no es verdad, pero si eso es capaz de devolver algo de la decencia a la lucha política en mi país, estoy incluso dispuesto a concedérselo. 

Me encantaría que me oiga el señor de los Sábados: se lo concedo, ustedes son más, pero eso no les da derecho a pasar a galope y arrasando, como una legión de Atilas, por sobre los que somos menos. ¿O acaso ya no hay espacio en este país para las minorías? ¿Es que decidieron -manía de todos las tiranías totalitarias de la historia- eliminar a todas las voces disidentes? Porque ese es el fin del estado de derecho, la mejicanización de los asuntos públicos, el final de la polìtica y el reino de las mafias.

Pocas cosas cansan tanto el alma como una lucha demasiado prolongada contra un grupo de bellacos. Quisiera simplemente cerrar los ojos, y dormir. Y despertarme en otro lado, en una tierra donde no se hubieran sembrado con tanta furia las semillas del resentimiento y la división entre hermanos. No sé habremos atravezado el punto desde el que ya no hay retorno.

Pienso en el futuro de mi país, y solo alcanzo a divisar un panorama triste.

Soy abogado y cada día veo al poder utilizando a la justicia para acallar toda voz disidente. Veo a aquellos que han sido obligados a callar, a aquellos cuyos derechos fueron pisoteados impunemente, resentidos hasta los tuétanos, esperando en el futuro su revancha.

Mi país es un desierto poblado por lobos enemigos.

Sé que nos llevará mucho tiempo curar estas heridas.




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