No
importa que los insultos vengan desde el gobierno, pues son parte de su
esencia.
Lo
que debe preocuparnos mucho es cuando los insultos van hacia el gobierno.
Detesto el insulto como
argumento.
No acostumbro juzgar a las
personas por quienes son. En los asuntos públicos, el corazón de la política,
no interesa qué hace una persona en su casa, en sus vacaciones o en su cama.
Interesa lo que piensa, lo que dice, y sobre todo las consecuencias para la
comunidad de sus ideas y sus actos.
Cuando la política se practica con
dignidad, entre gente decente, se combaten ideas, formas de entender las
relaciones entre los seres humanos, formas de generar y distribuir la riqueza.
Cuando la política es asunto de mafias de ladrones disfrazados de gente
decente, el fin siempre justifica los medios, y no hay limites éticos para
enfrentar al adversario.
Pienso en el señor de los
Sábados y sé que le ha hecho mucho daño al debate democrático en el Ecuador,
pues ha instaurado como nadie antes la costumbre de "matar
sistemáticamente al mensajero" en lugar de promover - como lo haría un
buen líder- el debate franco y respetuoso sobre "los mensajes". Acá ya no importa qué digas ni
cuánta verdad o razón lleve lo que dices: si muestras tu desacuerdo con ellos,
tu voz debe ser callada, tu nombre arrastrado por el fango e inscrito en el
libro del desprecio.
Qué precio tan alto puede
costar en el Ecuador de los que dicen que "son más, muchísimos más",
la defensa valiente de las ideas. Cualquier día, el oscuro funcionario de un
ministerio, ejerciendo la cuchilla infame del censor, puede decidir que
perteneces al bando de "los mismos de siempre" y enviar tu nombre a
los estercoleros sin más trámite, con brutalidad, con aspaviento y en cadena nacional,
como ellos acostumbran.
Como Churchill, me llevo muy
mal con los fanáticos de todos los colores y tendencias, por la venda de
intolerancia que llevan en los ojos; y porque pocas cosas son tan peligrosas y
violentas como dividir al mundo entre el bando de los blancos y el bando de los
negros, y tomar partido por uno de ellos.
Detesto a los
caudillos´populistas, no importa de qué tendencia política vengan disfrazados:
todos son perversos a la larga.
Detesto a los caudillos
populistas porque el poder los enceguece y los corrompe. Normalmente comienzan
su carrera como Mesías y terminan por los tejados, como los ladrones.
Estoy muy cansado de ver a
nuestros gobernantes flameando con tanta vehemencia la bandera del insulto.
Me
aterra ver cómo, incluso alguna gente sensata de la oposición, sumergida en el
calor de la pelea, devuelve los insultos con otros de igual o peor calibre.
Me
aterra contemplar de tarde en tarde como, a fuerza de luchar contra unos
adversarios indeseables, inconscientemente y por efecto de un mimetismo diabólico,
a ratos nos empezamos a parecer a ellos.
A veces trato de recordar
cómo era el Ecuador antes de que lleguen al poder los dueños de la verdad. Me
desespera no poder hacerlo con claridad, pero algo en mí sospecha que no éramos
estos dos bandos de resentidos empeñados solo en hacernos daño.
Recuerdo cómo
muchos luchamos durante años para hacer de la política una cosa medianamente
honorable, de personas sensatas, con unos mínimos éticos infranqueables. Hasta que llegaron los
propulsores del "todo vale" a machacarnos la conciencia con sus
consignas rimbombantes, su show sabatino, su droga disfrazada de
revolución en los canales públicos.
Ellos dicen que son más,
muchísimos más. Sé que no es verdad, pero si eso es capaz de devolver algo de
la decencia a la lucha política en mi país, estoy incluso dispuesto a
concedérselo.
Me encantaría que me oiga el señor de los Sábados: se lo concedo,
ustedes son más, pero eso no les da derecho a pasar a galope y arrasando, como
una legión de Atilas, por sobre los que somos menos. ¿O acaso ya no hay espacio
en este país para las minorías? ¿Es que decidieron -manía de todos las tiranías
totalitarias de la historia- eliminar a todas las voces disidentes? Porque ese
es el fin del estado de derecho, la mejicanización de los asuntos públicos, el final de la polìtica y el reino de las mafias.
Pocas cosas cansan tanto el
alma como una lucha demasiado prolongada contra un grupo de bellacos. Quisiera
simplemente cerrar los ojos, y dormir. Y despertarme en otro lado, en una
tierra donde no se hubieran sembrado con tanta furia las semillas del
resentimiento y la división entre hermanos. No sé habremos atravezado el punto desde el que ya no hay retorno.
Pienso en el futuro de mi
país, y solo alcanzo a divisar un panorama triste.
Soy abogado y cada día veo
al poder utilizando a la justicia para acallar toda voz disidente. Veo a aquellos
que han sido obligados a callar, a aquellos cuyos derechos fueron pisoteados
impunemente, resentidos hasta los tuétanos, esperando en el futuro su revancha.
Mi país es un desierto
poblado por lobos enemigos.
Sé que nos llevará mucho
tiempo curar estas heridas.
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