11 marzo 2015

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE

6 de diciembre de 2014 a la(s) 6:54
Y para variar, nuestro Princeso termina su rimbombante discurso de inauguración del edificio de UNASUR (la base de los power rangers sudamericanos) con su originalísima frase "¡Hasta la victoria siempre!"...

"¡Hasta la victoria siempre!"... qué consignita... la de los que no saben, no quieren, no han aprendido a perder nunca; la consigna del típico picado que cuando niño era capaz de llevarse la pelota antes de terminar el partido si su equipo iba perdiendo.

"¡Hasta la victoria siempre!"... veo a este hombre y lo siento cada vez más lejano, más encumbrado en la gloria de espumaflex que le han construido los inefables hermanitos Alvarado a fuerza de sabatinas y cadenas nacionales para que pueda entrar en la historia (aunque sea a patadas).

¿Será que alguna vez, antes de que sea tarde, alcanza a darse cuenta de toda la miseria de la que está construido todo culto a la personalidad? ¿Será que Alianza País intenta algún día llegar a ser algo más que "el correísmo"?

Cuando anunciaba hace seis años la nueva Constitución, (esa que debía durar 300 años, esa que  vendía con labia de curandero promocionando el remedio para todos los males en feria de pueblo), hacía ya uso de esos discursos llenos de superlativos y exageraciones; él tal vez no era plenamente consciente, pero en las tarimas imitaba a cierto megalómano austríaco que en su momento habló de que con Él se iniciaba "el Reich de los mil años".

Él sueña con llegar a ser Alfaro... más grande que Alfaro. Olvida que los dictadores pasan, que para bien o para mal el pueblo llano se va educando y deja de creer en (y buscar) mesías. Que dentro de pocos años el correísmo será solamente otro trago amargo de esos que aprendimos los ecuatorianos a tragarnos, en nuestra impenitente búsqueda de una verdadera democracia... como en su momento nos tragamos ya el floreanismo, el urbinismo, el garcianismo, el alfarismo, el febrescorderismo y cinco velasquismos.

A veces ganamos. A veces perdemos.

Los dictadores pasan. Los pueblos quedan.

6-12-2014

07 marzo 2015

EL DÍA QUE EL GRAN HERMANO ENTRÓ A LOS MOTELES


Quisiera que lo que usted está empezando a leer, amable y espantado lector, fuese un manifiesto;  un manifiesto a favor de la libertad, de la tolerancia, de la posibilidad de encontrar vías distintas a la prohibición y a la represión para restablecer el entendimiento y la concordia entre los que habitamos este chiquito país. Ojalá pueda ser algo más que un panfleto.

Estas líneas –debo confesarlo de inicio- fueron inspiradas por un cabreo, por un cabreo que es hijo de muchos otros cabreos anteriores: el cabreo de volver a contemplar como distintas autoridades de nuestro país, sin que apenas se den cuenta, han sido poseídas por un espíritu perverso: el espíritu de la prohibición y el control; ese mismo espíritu que fue diseccionado por Foucault hace ya bastantes años, y sobre el que escribió aquellas páginas magistrales que han inspirado a tantos.

El caso es sencillo: una autoridad municipal, previsora y “creativa”, envía una carta a todos los dueños de los locales comerciales, tiendas, bares, etc. que se ubican en la vía a Cununyacu (principio de la intervalles, como la conocemos quienes habitamos en el valle de Cumbayá), prohibiéndoles la venta de bebidas alcohólicas en los días de carnaval y advirtiéndoles con una fortísima sanción. Un caso simple en apariencia: la autoridad velando por la seguridad de sus ciudadanos. En el fondo, una nueva prohibición, una más, que se suma a las miles de prohibiciones con que el Estado refrena y dirige la conducta de los ciudadanos, en casi todos los aspectos concebibles de la vida social. Pocos días después, al  ministro encargado de velar por nuestra seguridad se le ocurre la graciosísima idea de poner cámaras en los prostíbulos y moteles del país; “no en las habitaciones ni en los baños” -se ha justificado-, “porque somos respetuosos del derecho a la intimidad de los ciudadanos”. Desde luego, el chiste se cuenta solo. En un país donde ya casi no queda autoridad pública de mediano y alto rango que no considere casi “normal” hacer de su cargo un botín pirata, en un país donde ya casi cualquiera vende a su vecino por unas míseras monedas, ¿se imaginan ustedes el valor que pueden llegar a tener esos vídeos de fulanito o menganito entrando al motel o al puticlub? Aún si fulanito toma la estrategia de llegar con pasamontañas ¿podrá decidirse también a violar flagrantemente la ley para camuflar de alguna manera la placa de su auto para que no quede grabada? Moteleros de mi país, uníos, lo único que tenéis que perder son vuestras cadenas.

Lo anterior me lleva a una reflexión sobre el espíritu que subyace en todas estas “políticas de seguridad” que viene implementando desde hace rato el régimen. Digamos primero que en materia de seguridad, parece ser que la apuesta ha sido por el control y la represión. Multas altas, incremento de penas, sanción con cárcel incluso para nimiedades… y cámaras, muchas cámaras; el derecho penal del enemigo y cámaras, cámaras en las siete direcciones. Al final del día, el gigantesco Ojo Controlador del Gran Hermano vigilando que todos, en todas partes, seamos unos buenos chicos y nos portemos bien. Desde luego, ellos se reservan el privilegio de decirnos lo que está bien. En el horizonte, un panorama desolador. 

Ya no parece válido apostarle a una sociedad donde los valores en los que nos empeñemos sean la solidaridad, la confianza o el servicio. Casi sin darnos cuenta, nos hemos llenado (incluso dentro de nuestras propias casas) de cámaras vigilantes y de alarmas. Dentro de esta cultura “tecnológica” en que nos ha tocado vivir, donde la transmisión de fotografías y vídeos se ha puesto al alcance de casi todo el mundo, pareciéramos estar obsesionados con las cámaras: “si no sales en la tele, no existes” me decía no hace muchos años un viejo amigo publicista. Al paso que vamos, todos terminaremos de actores de una película cuyo guión no escogimos y que ha sido impuesta por intereses que ni siquiera sospechamos.

La otra tarde con mi hija, mientras paseábamos por Quito, por la avenida Amazonas, se nos dio por descubrir todas las cámaras que vigilan desde las alturas el espacio público. El panorama eriza los pelitos del cuerpo: hay cuadras donde detectamos hasta 4 cámaras. Por si usted, distraído transeúnte de mi país no se ha dado cuenta, a estas alturas de su vida debe haber miles de horas de filmaciones de las que usted o su vehículo son protagonistas sin apenas haberse dado cuenta. En mis adentros, me quedó flotando el pensamiento de que ya las calles no son nuestras hace rato: son del Gran Hermano; como tampoco lo son los parques, los centros y locales comerciales,los restaurantes donde la camarita discretamente colocada en la esquina de cualquier parte se ha vuelto ya tan natural para nosotros que la consideramos casi parte del paisaje.

¿Será que nos estamos dejando avasallar y hemos empezado a formar parte de esta cultura de seres desconfiados y temerosos, que lo solucionan todo apelando al 911? A este paso, va a llegar un día donde no quede ya un espacio de la vida personal o social que no esté vigilado por una cámara. Por eso repugnan las cámaras en los moteles; porque algo en nuestras más profundas profundidades nos alerta a rebelarnos en defensa de nuestro derecho a la intimidad; porque nos rebelamos contra un mundo donde todo sea "parte del interés púbico", ese espeluznante ideal fascista al que Mussolini le diera cuerpo un día con la frase: "Dentro del Estado, todo; fuera del Estado, nada"; porque es árida y sin brillo una vida donde todo sea público o "publicable". No queremos más control y derecho penal como única solución para nuestras anomias sociales. 

Al final, un desierto: ciudadanos controlados, vigilados,  "alarmados", reprimidos, incapaces para la espontaneidad y la alegría sincera, ciudadanos amaestrados por un poder invisible que les diseñó una vida donde lo que cuenta es posar bien  para las cámaras. El único feliz en una sociedad de esta naturaleza, tiene que ser el Gran Hermano, ese Gran Ojo Vigilante y Todopoderoso que todo lo mira y todo lo sabe; y que nos cuida desde los rincones menos pensados listo para dejar caer sobre nosotros su espada justiciera, esa que impone “la verdad filmada” en nombre de un montón de principios que apenas alcanzamos a comprender o recordar, pero que está ahí, sonriente y feliz, cuidando que seamos unos chicos bien educados, y que nos portemos bien.

A este paso, sospecho que en no más de 40 o 50 años, por cada ciudadano habitando en el chiquito país habrá otro detrás de una pantalla conectada a muchas cámaras, vigilando que en cada momento o espacio donde se nos ocurra pintar la vida con nuestros particulares colores, “no nos salgamos de las líneas”. Parece una novela de terror inspirada en Orwell o Bradbury, pero hacia allá caminamos señoras y señores, hacia allá caminamos.