12 noviembre 2014

LA EXPERIENCIA DE MÉXICO CON EL PARTIDO ÚNICO: DE CUANDO LOS CRIMINALES Y LOS POLÍTICOS SE HICIERON UNO.

Escribo estas líneas desde un dolor no cicatrizado: el que me ha producido en las últimas semanas la noticia aterradora de los 43 de Ayotzinapa, que son solo la punta del iceberg de una realidad espantosa: la de un bello país donde el Estado de derecho se ha batido en retirada, y los criminales campean a sus anchas, a veces dirigiendo el país desde las más altas funciones de gobierno. 

Lo que está ocurriendo en México ahora mismo, tiene mucho que ver con un sistema político donde un partido único, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), se entronizó en el poder político por más de 70 años. Ese es un ejemplo claro de un sistema corrupto y corruptor, diseñado para mantener indefinidamente en el poder al mismo grupo. El precio: una democracia absolutamente formal, un sistema de partidos débil, la ausencia casi total de otra ideología que no sea el poder por el poder, y lo que es peor, el poder por y para el dinero.

Lo que le está pasando ahora mismo a México, es en gran medida el resultado de esos 70 años de "priismo", de institucionalización de la cultura del poder político como privilegio, del uso de la autoridad para enriquecerse a las buenas o a las malas, y todo -aunque les suene conocido- en nombre de la "revolución"; no es gratuito por ejemplo que la policía mexicana sea considerada por algunos como la más corrupta y abusiva del mundo, que no es decir poco. Naturalmente, un sistema hecho por y para la corrupción, termina haciendo alianzas con el crimen organizado; de la alianza, frecuentemente se pasa a la dependencia, hasta llegar al punto de confusión donde los políticos y los criminales son los mismos. Duele decirlo, pero México parece estar empezando a despertar del dolor de vivirlo, de la ceguera de permitirlo, pero se está dejando la piel en el intento.

Muchos han sido en la historia política contemporánea los que en nombre de un proyecto revolucionario han acaparado exitosamente todo el poder político: Lenin y luego Stalin en la extinta URSS, Mussolini en Italia, Hitler en la Alemania nazi, Mao en la China, los Castro en Cuba. Hay más nombres y un denominador común: todos terminaron implantando sistemas de control de la población basados en una policía engordada en la fidelidad ciega al régimen y al "partido"; todos terminaron también construyendo (¿destruyendo?) economías de mentira donde la regla fue la ineficiencia, el mercado negro y el robo. Todos, sin excepción, generaron castas políticas (y económicas) privilegiadas y supercorruptas, devotas del Líder y dispuestas a defender con sangre los" avances de la revolución", e impedir el "retorno del pasado". Es el viejísimo uso del poder político como botín, donde las fidelidades se compran con "pedazos del pastel". Es un lugar común decir que el poder corrompe, y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Quienes nos gobiernan con ínfulas de eternizarse lo conocen muy bien, pero ya no les importa: son demasiado dulces las mieles del poder como para tener que descender de esas alturas a convivir de nuevo con los simples mortales. Dicen combatir a las élites económicas "capitalistas", pero es con ellas con quienes hacen sus más suculentos y lucrativos negocios, entregándoles a cambio de coimas y favores los más jugosos contratos públicos. 

Termino estas breves líneas desde un dolor no cicatrizado. Me duele México, como me duelen Honduras y Guatemala, que hoy mismo transitan por un camino parecido, como me duele el Ecuador, que parece pensar que es inmune a esta plaga. No quiero para mí, y mucho menos para mis hijos un país donde detrás de los gobernantes se esconda amenazante la sombra del narcotráfico, del secuestro extorsivo, del lavado de dinero, del tráfico de personas y de todos esos lucrativos "negocios" con que tantos hacen tanta plata rápidamente ahora mismo, en nuestras propias narices. Ese es para mí, hoy mismo, el peligro más serio que nos asecha. Quiero pensar que no es demasiado tarde, que levantando nuestra voz decididamente vamos a poder detenerlo, que la herencia de honradez, trabajo y solidaridad que nos legaron nuestros padres y nuestros abuelos todavía está lo suficientemente viva entre nosotros como para poder detener este rumbo hacia el abismo al que nos están llevando ahora mismo estos lobos con el alma entumecida por el dinero fácil. Ojalá no sea demasiado tarde.

NOVIEMBRE 2014

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