11 diciembre 2011

LA TIERRA EN LA CÁMARA DE TORTURAS


De algún modo, los orígenes de las catástrofes ambientales y la atmósfera apocalíptica que nos rodea en este principio de milenio, hay que ir a rastrearlos en Europa, en una época donde la religión oficial (católica) había adquirido intereses y compromisos tan “de este mundo”, que necesariamente tuvo que idear una razón que justificara un estado de cosas muy lejano de su naturaleza: el cultivo del espíritu de sus fieles.
Durante la Alta Edad Media, aparece El Tribunal de la Santa Inquisición. Se trata, en buena medida, de la respuesta de las más altas  jerarquías del culto religioso más extendido en la Europa de fines de la Edad Media. Más que tratarse de un Tribunal para velar por la pureza de los dogmas católicos (como relata la historia oficial), en los hechos, el Santo Oficio se convirtió en un poderosísimo centro desde el que se administraba el terror (como mecanismo de control social) y se proveía a la Iglesia y a los Monarcas Católicos europeos de los fondos necesarios para continuar su expansión por el planeta. Con la creación del Tribunal del Santo Oficio, se inaugura una de las épocas más terribles de la historia humana, época marcada por la delación, la doble moral y el total irrespeto hacia la vida.
No es casualidad entonces que, en este contexto, aparecieran en Europa figuras como la de Sir Francis Bacon, considerado dentro de la historia de la ciencia de occidente como el fundador del empirismo y uno de los pilares fundamentales del método y la mentalidad científicos.  No es casualidad que, en un medio donde se torturaba hasta el máximo de la crueldad al más mínimo pretexto, apareciera un filósofo con mentalidad de inquisidor que proponía que a la naturaleza hay que preguntarle directamente, colocándole en una situación en que se viera forzada a suministrarnos sus respuestas. Se trata de los mismos métodos  con los que la Inquisición procedía con los reos del Santo Oficio en sus famosas cámaras de tortura. Se trata ya no de un pensador recreando la relación sagrada del hombre con el Universo. Se trata de la relación de un torturador con su víctima. Es el insensible hombre desespiritualizado que no aboga ya por una relación armoniosa, de respeto y devoción hacia aquella parte del Cosmos de la que el ser humano, desde antiguo, se sentía parte integral, sino por una relación de fuerza, por un combate. Ya no es el hombre marchando con la Tierra. Es, final y desgraciadamente, el hombre contra la Tierra. La naturaleza misma ha sido desespiritualizada, cosificada. La Tierra, será de ahí en adelante, cada vez menos objeto de culto  para convertirse en un objeto simple y llano. Una cosa puesta allí no importa por quién, para que el hombre ejerza su dominio sobre ella. Durante los cuatro siglos siguientes, la humanidad se lanzará, impulsada por ese espíritu de dominio, a conquistar y  sojuzgar toda la tierra disponible. Donde antes se acostumbraba a mirar un conjunto interrelacionado de seres encantados que compartían con el hombre venturas y desventuras, el hombre del Renacimiento, el hombre del siglo de las luces y este contemporáneo hombre de la mentalidad científica, empezarán a ver tan solo “recursos que deben ser explotados”.
Pero hay que decir también que, contra las distorsiones y abusos de la iglesia descritos más arriba, el Renacimiento fue en Europa también un tiempo donde, el Racionalismo y el Humanismo ateístico irrumpieron en forma contestataria.  Analizando este momento histórico, Germán Rodríguez señala acertadamente:
  “La Religión, antes dominante, se vio enfrentada por la Ciencia que proclamaba la supremacía de la razón. Poco a poco el humanismo renacentista se transformó en humanismo antropocéntrico y el hombre se creyó destinado a gobernar la Naturaleza. (...) De este modo, la razón se dirigió al dominio técnico experimental del mundo.”[1]
En Abya Yala, la isla de la Tortuga, (así es como denominaban algunos pueblos de la actual Centroamérica a nuestro continente), en esta Tierra del Hombre Rojo (así lo denominaban muchos pueblos de Norteamérica), desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, la gran diversidad de pueblos que habitaban estas tierras, compartían, desde luego, esto que venimos denominando una visión encantada o mágica del mundo, caracterizada por el respeto a la Tierra y a todos los elementos. Es una visión que tiene en su matriz un ecologismo natural muy anterior a las ideologías “verdes” que aparecieron avanzado el siglo XX.



[1] Rodríguez, Germán: La sabiduría del cóndor,  Abya Yala, Quito, 1999.

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