De
algún modo, los orígenes de las catástrofes ambientales y la atmósfera
apocalíptica que nos rodea en este principio de milenio, hay que ir a
rastrearlos en Europa, en una época donde la religión oficial (católica) había
adquirido intereses y compromisos tan “de este mundo”, que necesariamente tuvo
que idear una razón que justificara un estado de cosas muy lejano de su
naturaleza: el cultivo del espíritu de sus fieles.
Durante
la Alta Edad Media, aparece El Tribunal de la Santa Inquisición. Se trata, en buena
medida, de la respuesta de las más altas
jerarquías del culto religioso más extendido en la Europa de fines de la
Edad Media. Más que tratarse de un Tribunal para velar por la pureza de los
dogmas católicos (como relata la historia oficial), en los hechos, el Santo
Oficio se convirtió en un poderosísimo centro desde el que se administraba el
terror (como mecanismo de control social) y se proveía a la Iglesia y a los
Monarcas Católicos europeos de los fondos necesarios para continuar su
expansión por el planeta. Con la creación del Tribunal del Santo Oficio, se
inaugura una de las épocas más terribles de la historia humana, época marcada
por la delación, la doble moral y el total irrespeto hacia la vida.
No
es casualidad entonces que, en este contexto, aparecieran en Europa figuras
como la de Sir Francis Bacon, considerado dentro de la historia de la ciencia
de occidente como el fundador del empirismo y uno de los pilares fundamentales
del método y la mentalidad científicos.
No es casualidad que, en un medio donde se torturaba hasta el máximo de
la crueldad al más mínimo pretexto, apareciera un filósofo con mentalidad de
inquisidor que proponía que a la naturaleza hay que preguntarle directamente,
colocándole en una situación en que se viera forzada a suministrarnos sus
respuestas. Se trata de los mismos métodos
con los que la Inquisición procedía con los reos del Santo Oficio en sus
famosas cámaras de tortura. Se trata ya no de un pensador recreando la relación
sagrada del hombre con el Universo. Se trata de la relación de un torturador
con su víctima. Es el insensible hombre desespiritualizado que no aboga ya por
una relación armoniosa, de respeto y devoción hacia aquella parte del Cosmos de
la que el ser humano, desde antiguo, se sentía parte integral, sino por una
relación de fuerza, por un combate. Ya no es el hombre marchando con la Tierra.
Es, final y desgraciadamente, el hombre contra la Tierra. La naturaleza misma
ha sido desespiritualizada, cosificada. La Tierra, será de ahí en adelante,
cada vez menos objeto de culto para
convertirse en un objeto simple y llano. Una cosa puesta allí no importa por
quién, para que el hombre ejerza su dominio sobre ella. Durante los cuatro
siglos siguientes, la humanidad se lanzará, impulsada por ese espíritu de dominio,
a conquistar y sojuzgar toda la tierra
disponible. Donde antes se acostumbraba a mirar un conjunto interrelacionado de
seres encantados que compartían con el hombre venturas y desventuras, el hombre
del Renacimiento, el hombre del siglo de las luces y este contemporáneo hombre
de la mentalidad científica, empezarán a ver tan solo “recursos que deben ser
explotados”.
Pero
hay que decir también que, contra las distorsiones y abusos de la iglesia
descritos más arriba, el Renacimiento fue en Europa también un tiempo donde, el
Racionalismo y el Humanismo ateístico irrumpieron en forma contestataria. Analizando este momento histórico, Germán
Rodríguez señala acertadamente:
“La Religión, antes dominante, se vio enfrentada por la Ciencia que
proclamaba la supremacía de la razón. Poco a poco el humanismo renacentista se
transformó en humanismo antropocéntrico y el hombre se creyó destinado a
gobernar la Naturaleza. (...) De este modo, la razón se dirigió al dominio
técnico experimental del mundo.”[1]
En
Abya Yala, la isla de la Tortuga, (así es como denominaban algunos pueblos de
la actual Centroamérica a nuestro continente), en esta Tierra del Hombre Rojo
(así lo denominaban muchos pueblos de Norteamérica), desde Alaska hasta la
Tierra del Fuego, la gran diversidad de pueblos que habitaban estas tierras,
compartían, desde luego, esto que venimos denominando una visión encantada o
mágica del mundo, caracterizada por el respeto a la Tierra y a todos los
elementos. Es una visión que tiene en su matriz un ecologismo natural muy
anterior a las ideologías “verdes” que aparecieron avanzado el siglo XX.
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