11 diciembre 2011

ERASE UNA VEZ UN MUNDO MÁGICO Y ENCANTADO (Sobre algunos peligros de la visión científica del mundo)

Hubo un tiempo en la historia humana en la que los hombres tenían una “visión encantada” sobre el universo en que vivían. La magia, que es muy variada, era parte de la vida cotidiana de los seres humanos. El universo, era bastante más que un mundo de objetos externos al hombre. Así vivieron cientos de generaciones en todas las regiones del planeta, desde las selvas amazónicas a los desiertos africanos, desde las islas de la Polinesia hasta las llanuras norteamericanas y la estepa siberiana. El hombre, se sabía y se sentía parte integrante de la creación. Vivía en un diálogo permanente con los otros seres del mundo visible (los elementos, las rocas, las nubes, los animales y los seres del mundo vegetal), así como también con los seres de los reinos invisibles (espíritus). Si hay algún elemento común a la especie humana, por lo menos desde el hombre de Neanderthal (100.000 a.N.e) en adelante, por cualquier dirección del planeta por donde se mire, es la existencia de prácticas sociales que se suelen denominar religiosas, pero que prefiero denominar aquí espirituales.
También se vivió así, aunque hasta una época algo más temprana, en las montañas y llanuras de Europa Occidental. Al decir del profesor y filósofo norteamericano Morris Berman, era la visión del mundo que predominó hasta que en Europa se llegó a los albores de la Revolución Científica (siglos 16-17). De ahí en adelante (y es bueno no perder de vista que en el siglo 16 comienza la expansión de las metrópolis europeas, así como la colonización e imposición de la cultura occidental en prácticamente todo el planeta), lo que se vive es un continuo desencantamiento del mundo (al menos en el nivel del pensamiento). Aquel tradicional mundo poblado por humanos y muchas otras criaturas, va cediendo terreno a un mundo donde la razón científica (con su clásica exigencia de rígida distinción entre sujeto y objeto, entre observador y observado), virtualmente expulsa al ser humano de la creación, lo escinde, para colocarlo en el plano aparentemente superior de aquel que tiene una razón cuya intención es descifrar los secretos de la naturaleza para dominarla. El hombre, que desde siempre había sido socio de la naturaleza, empieza paulatinamente a separarse de ella. Luego le declarará la guerra.
 “Sujeto y objeto – dice Berman - siempre son vistos como antagónicos. Yo ya no soy mis experiencias y por lo tanto no soy realmente parte del mundo que me rodea, (...) todo es un objeto ajeno, distinto y aparte de mì. Finalmente, yo tambièn soy un objeto, también soy una “cosa” alienada en un mundo de otras cosas igualmente insignificantes y carentes de sentido. Este mundo no lo hago yo: al cosmos no le importo nada y no me siento perteneciente a él. De hecho, lo que siento es un profundo malestar en el alma”.[1]

Pero, ¿qué es lo grave de todo esto? Lo grave es reconocer que, durante el 99 por ciento del transcurso de la historia humana, el mundo estuvo encantado y el hombre se veía a sí mismo como su parte integrante. El hombre era un ser tan mágico como todo lo que le rodeaba. La importancia y vitalidad de esta cosmovisión se clarifica cuando entendemos que, gracias a este sentimiento de participación, gracias a esta especial mirada que es incapaz de  ver en lo otro y los otros una “simple cosa que puedo utilizar”, la relación del hombre con su entorno fue una relación de respeto y armonía. Así pueden empezar a entenderse, por ejemplo, cientos de ritos de agradecimiento a la Madre Tierra, o los muchos cultos al Sol o a los elementos que son comunes a muchísimos pueblos “salvajes” y religiones paganas del mundo. El hombre, vivió temiendo y respetando aquello que, en su entendimiento primario pero no por ello inferior o menos sabio y luminoso, formaba parte imprescindible del tejido de la vida. Agradecer a la Tierra, o al poder de los vientos, era - de algún modo- agradecerse a sí mismo, era una manera de tenerse respeto, de estar permanentemente reencontrando la propia armonía: Yo no daño la Tierra, porque Yo soy la Tierra. Era -sin duda- un modo de reconocerse parte del Todo. Dañar el Todo, atentar contra la vida en cualquiera de sus formas (su forma pájaro, su forma roca, su forma río o pez o árbol), era un acto impensable para muchos, pues solo un enajenado podría atentar contra sí mismo.
Esta visión encantada del cosmos a la que hace referencia Berman, es válida virtualmente para todas las sociedades anteriores o que se desarrollaron en áreas ajenas a la influencia de la civilización judeocristiana occidental. Y es que por razones que permanecen obscuras, señala Berman, dos culturas en particular, la judía y la griega, fueron las responsables de los comienzos de este proceso de desencantamiento:
  “A pesar de que el judaísmo poseía una fuerte herencia gnóstica (siendo la cábala su único sobreviviente), la tradición oficial rabínica (más tarde talmúdica) se basó precisamente en la extirpación de las creencias animísticas. Yaveh es un Dios celoso: “No tendrás otros dioses más que Yo”; y a lo largo de la historia judía, la prohibición en contra del totemismo -la adoración de ídolos (imágenes esculpidas) - ha sido el tema central. El Antiguo Testamento es la historia del triunfo del monoteísmo sobre Astarte, Baal, el becerro de oro y los dioses de la naturaleza de pueblos vecinos “paganos”. Aquí vemos los primeros destellos de (...) la conciencia no participativa: el conocimiento se adquiere mediante el reconocimiento de la distancia entre nosotros y la naturaleza. La unión extática con la naturaleza se juzga no meramente como ignorancia, sino como idolatría. La Divinidad debe experimentarse dentro del corazón humano; Ella, definitivamente, no es inmanente a la naturaleza.”[1]
Los distintos pueblos de América precolombina, eran pueblos con cosmovisiones mágicas, como lo atestiguan hasta la saciedad su historia, sus mitologías, aquello que se ha podido rescatar de su cultura y su ritualidad ancestral y que se mantiene vivo todavía en muchísimos pueblos y comunidades de todo el continente. Cierto es que la conquista y posterior imposición de los modelos culturales europeos dio inicio a una época de negación, invalidación y virtual aniquilación de culturas  y cosmovisiones nativas. Pero cierto es también que asistimos a una época de renacimientos. En palabras de Berman, podemos afirmar entonces que “es vital un reencantamiento del mundo”. Es vital por cuanto, en apenas los últimos cuatrocientos años de la experiencia humana, y fruto sobre todo de un proceso de alienación en el que el hombre dejó de saberse y sentirse parte integrante (orgánica) del cosmos, no solo ha conseguido romper esa integridad primigenia (que se expresa también en la ruptura cada vez más evidente de la psiquis humana), sino -y lo que es peor- casi ha conseguido llevar al planeta a su colapso ecológico. El credo de la razón científica, que tanto éxito ha tenido a todo lo largo del los cuatro últimos siglos, hasta llegar a convertirse en el siglo XX en el “discurso oficial por excelencia” (ningún discurso tiene tanta validez, en nuestra época, como aquel que viene respaldado por el membrete de la ciencia), ha empezado sin embargo a arrojar un espectro de duda sobre sí mismo, como bien lo señalan Baigent y Leigh refiriéndose a algunas de las realidades más problemáticas de nuestra civilización contemporánea:

 “Difícilmente podía resultar razonable reunir y almacenar un número de armas nucleares capaz de destruir el globo terráqueo sesenta veces; difícilmente podía resultar razonable dejar que el planeta se superpoblara sin desarrollar los recursos adecuados para acomodar tal crecimiento; difícilmente podía parecer razonable reducir y agotar los recursos existentes sin previsión alguna en vistas a su reposición”.[2]

La civilización científica y tecnológica nos ha hecho capaces de poner naves en el espacio exterior desde las cuales podemos contemplar nuestra bellísima y azul casa común. Lo trágico es que esta perspectiva pareciera no habernos dado más que un lugar desde donde poder contemplar en visión panorámica nuestro suicidio colectivo*.

(*MAZON Jorge Luis: "El rostro oculto del hombre americano", Quito, 2003)



[1] Berman, Morris: El reencantamiento del mundo ,  Ed. Cuatro Vientos, Chile, 1987.
                                
[2] Baigent, Michael y Leigh, Richard: El retorno de la magia,  Plaza y Janés, España, 1999.




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